domingo, 22 de agosto de 2010

Un sonido melodioso.
Hermoso, pero vacio. Se extiende en el aire, llena nuestros corazones, engañandolos con mentiroso sopor y placer.
¿De qué sirve la poesía, cuando detrás de ella no hay sentimiento real?
¿De qué sirve predicar, cuando el sermón nada significa para el predicador?
Estamos rodeados de cosas vacias. Maravillosas en su momento, pero que en segundos quedan reducidas a nada.
Comienzan con pequeños logros, luego llegan al auge de su reconocimiento por mera sensación. Pero tan rápido como llegaron comienzan a irse. Y quedan solos, o igual que como en un principio: con pequeños logros. Tanto arduo trabajo para eso. Tanto desarrollo para terminar en el olvido.
¿De qué sirve? ¿De qué?
Y podemos apreciar la diferencia, respecto a esas cosas que son sentidas, pensadas y apreciadas. Si llegan al exito, será porque son reales, y probablemente de por casualidad. La humildad que las envuelve no permite más. Y una vez que lleguen, se quedarán allí por siempre. Un recuerdo hermoso y triunfante, al que pocos saben apreciar y al que los verdaderos fieles siguen e idolatran.

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